Cuando la Sangre manche los Apellidos


Coño!... a eta vaina le van a hacei caso cuando le arranquen la vida uno de lo grande. ¿Y ahora quien me devueive a mi hijo?... maidita policía, maidito gobieino… Hagan aigo! … coñoooo….!

Era el grito desgarrador preñado en las laceradas entrañas de una madre mientras destrozaba el féretro de su hijo con la ira de la impotencia.
Un joven de 19 años yacía pálido e impávido en un barato ataúd mientras las sedientas cámaras de los noticieros recogían los furibundos testimonios de la vecindad agolpada en una maltrecha casucha.
Todos decían que era un estudiante meritorio y que le dieron dos balazos para quitarle una “pasola”: otra cifra estadística, un insumo noticioso y una estampa rutinaria de las hostiles vivencias barriales… nada más.

¿Qué pasaría si la osadía del crimen desafiara, con sádica irreverencia, a uno de los apellidos nobles?  Los editoriales de la prensa calificarían como “abominables” e “intolerables” los actos de la delincuencia. El tema coparía dos semanas de torturante y obsesiva presencia en los más de 800 espacios de opinión pública. No faltarían los enérgicos comunicados de condena de las asociaciones empresariales. Se lanzaría a las fuerzas armadas a las calles, con patrullas permanentes, se realizarían operativos “preventivos” de la policía en cada ruta dentro y fuera de las ciudades. Los candidatos anunciarían compromisos solemnes con la nación para establecer, como alta prioridad, la atención al problema de la delincuencia en el país.

En esta sociedad de dobleces, clientelismo y aburridos protocolos verbales, ser franco es un pecado, y cualquiera que intente poner los puntos sobre las íes y decir la verdad, es catalogado como un resentido o un idealista frustrado. Hasta que la sangre no manche las finas alfombras de las villas o perturbe la placidez de los que “socialmente” valen, no habrá cambio en las respuestas. No habrá cambio moral ni preocupación por los desvalidos, por los que pagan impuestos, por la clase que trabaja, por la mayoría.

Solamente seguiremos escuchando el eco desesperado: Coño!.. hagan aigo! Coñooooo!

Virgilio Santana Ripoll

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