Fracasar o Triunfar?


Justamente en este fin de semana, mientras esperaba la llegada de la procesión de ramos, sentado en el parque central, estuve escuchando la conversación de dos personas, una que quería emprender un nuevo negocio, y otra que había fracasado en su empresa recientemente. Ambos tenían dos perspectivas muy distintas de lo que pensaban respecto del éxito o del fracaso.

Personalmente, he emprendido negocios que han fracasado, no tanto por mi falta de administración, como por el declive en la economía global; creo que la clave de todo emprendedor ha de ser intentar recuperarse del noqueo que nos supone el fracaso cuando o que hemos emprendido no llega a feliz término.

Entre ganar o perder, entre experimentar el éxito o el fracaso, la elección está clara. Tan sólo la palabra éxito nos suena a expansión, a alegría, satisfacción, a poder, seguridad, superación. Mientras que el fracaso... ¿A quién le interesa el fracaso? Evoca una sensación desagradable, pesada, vinculada con la rabia o la tristeza, a depresión, problemas y frustraciones, la ruptura de una ilusión... El fracaso es un trago amargo, difícil de pasar, que preferiríamos evitar si pudiéramos. Sin embargo, puede ser una experiencia tanto o más importante que el éxito. Es cierto, no es agradable, pero, ¿sirve de algo fracasar? 

El éxito nos motiva, y mucho. De hecho, la esperanza de alcanzarlo es el mejor impulso para emprender un esfuerzo. Lo entendemos como una recompensa, como la prueba de que tenemos aptitudes, lo cual refuerza nuestra estima. El fracaso, en cambio, hace tambalear la confianza, desmorona proyectos y nos recuerda que tenemos fallos y defectos, o que, a veces, no somos "capaces". Pero a pesar de eso la experiencia del fracaso ofrece algo que el éxito no da: la oportunidad de reconocer que tenemos límites, aprender, rectificar, y poder ser así cada vez un poco mejores. 

Son frecuentes los casos de atletas o artistas que en la cima de su carrera, tras lograr su máximo objetivo, iniciaron un fulminante declive. Mientras que, a la inversa, abundan las personas que tras grandes problemas o estrepitosos fracasos supieron remontar y lograron éxitos excepcionales. Es fácil, por lo tanto, pasar del éxito al fracaso, y viceversa. El reto en cualquier caso está en vivir la situación como algo fluido, no estático, teniendo en cuenta el proceso realizado y el que puede acontecer. De ese modo en el fracaso no nos invadirá la negatividad, ni en el triunfo se pecará de excesiva arrogancia (como nos suele pasar).

Frases como "quien no hace nada nunca se equivoca" o "para avanzar hay que estar dispuesto a fracasar" avalan en cierta medida esta audaz prescripción. Se basa en el principio de que el intento es lo que permite que el éxito sea posible, aunque implique siempre cierto riesgo de fracaso. Cuando no existe ese intento tanto la probabilidad de logro como la de error desaparecen. 

Con ello entramos en el terreno del miedo. Más concretamente el miedo al fracaso, que engloba el miedo a las críticas, a no estar a la altura, a comprometerse, a hacer el ridículo, a lo desconocido, a no ser bien visto por los demás... Este miedo es el que lleva a dejar pasar oportunidades o a no buscarlas, a evitar el éxito por temor a fallar. 

Estoy totalmente de acuerdo en que vale la pena volver a intentarlo, el miedo podrá paralizarnos en algún momento, pero hay que tener agallas para todo en la vida. Muchos fracasan alguna vez en sus vidas, y toman el camino de la depresión, de la derrota fulminante, de la Dolce Far Niente (El dulce no hacer nada) y se conforman con mirar desde lejos, el éxito de los demás.

Creo firmemente que hay que ser valientes y no cobardes; si nos fue mal una vez nuestra meta debe ser levantarnos tan pronto podamos y recomenzar, jamás vacilar. Es aquí cuando se aplica el dicho de que: Es mejor fracasar por querer triunfar, que NO triunfar por miedo a fracasar.

Mis mejores deseos para Ti!

Virgilio Santana Ripoll

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