Convicción

El llanto nos sacude cuando nos sentimos abandonados, cuando la vida nos tira piedras sobre la confianza que habíamos depositado en ella. Una confianza a veces demasiado crédula, porque el amor había despertado en nuestro corazón una mirada sobre la vida demasiado cargada de expectativas, demasiado desproporcionada. La vida, la nuestra en concreto, no da para tanto, y se hacen añicos los sueños, y se deteriora la confianza que habíamos depositado en la bondad de los demás, o en la maravilla de la que parecía revestirse la vida.


El llanto es una bendición en la medida en que encontramos un hombro en donde reposar la cabeza, un pecho amigo que nos acoja y nos sosiegue. Hemos dejado a los sueños que se enseñorearan  del corazón, les hemos dado demasiadas alas y ahora nos encontramos tumbados contra el piso. La grandeza de nuestros anhelos se ha roto frente a las aristas de la realidad, que nos han cortado de cuajo la piel.
Lo malo del llanto es que casi siempre se produce porque nos han deteriorado la esperanza, se nos ha frustrado el núcleo de los deseos. Ahí reside el rastro más hondo de la decepción: en que el amor es como un niño que siempre se cree capaz de todo, que encierra en sí una semilla de orgullo, lógica por su grandeza, pero que nos enfrenta con la dureza de la realidad, en el conflicto más duro de los intereses y egoísmos enfrentados.
Lo que nos pesa sobre el corazón son las piedras de la decepción, el fracaso de los vanos intentos del amor por cambiar la realidad de las personas y de las cosas. Lo que nos pesa es haber recibido tanta ingratitud , tanta indiferencia y olvido del repertorio de detalles y sacrificios a por el otro. Esa ingratitud es la que nos pesa y amarga las fuentes de la vida, esas que se van secando.

Sin embargo, de un modo u otro, el amor siempre vence. No lo podemos ver en la mayoría de las ocasiones, pero sabemos bien, con certeza arraigada que ningún gesto de cariño, amor o respeto se perderá, porque el amor es mas fuerte que la indiferencia, el odio y hasta la muerte.

El amor hunde sus raíces en lo mas hondo de la vida, y nunca se desgasta, aunque a veces nos suponga hacer un esfuerzo más para no dejar de creer en el, en su terca convicción, en su consolidada seguridad a prueba de cualquier circunstancia. Este es perenne, nunca pasa. Consolar, iluminar, cuidar, acoger, perdonar.. todo ellos son señales de la permanencia del amor en nuestro caminar por la vida.

Las piedras sobre la confianza nos deterioran la entrega, nos hacen dudar sobre si vale la pena o no eso de poner nuestra vida en manos de los otros, nos vencen en el reducto del corazón desde donde confiamos en la bondad del otro, del bien, de la vida. Sin embargo, vale la pena intentarlo, por el mismo amor, pues hay mayor alegría en darlo que en recibirlo, y para sentirlo, hay que amar hasta que duela.



Virgilio Santana Ripoll

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